Todos podemos hacer música

Hoy me dedico a las clases de música y clases de canto, pero hace unos días conversando con una querida amiga me comentó una anécdota que me dejó pensando. La verdad es que no es primera vez que escucho algo tan triste como lo que les contaré a continuación; al ser cantante, muchos cercanos (y otros no tanto) han desahogado conmigo sus “penas musicales”. Los efectos positivos de la música son muchos, aunque lamentablemente no todos tenemos el privilegio de disfrutar de ellos.

Érase una vez una niña de unos 10 años, estudiaba en un colegio de monjas a comienzos de los años 90. Iniciaba ansiosa un nuevo año escolar, pero se encontró con el peor tipo de profesor que uno se pueda tropezar: el que mata tus sueños y opaca tus habilidades. Fue el caso de esta monja alemana que no permitió cantar a mi amiga durante su primera clase de música: la escuchó cantar una frase y le dijo: ¡¡mejor tú no cantes!!

Uff, qué sería de mí si me hubieran dicho eso. En el caso de una niña tímida como lo era yo, me hubiera callado y generado un trauma que probablemente no hubiera podido curar; en el caso de mi amiga, con harto más carácter que yo, no la enmudeció por nada, y finalmente la llevó a estudiar flauta traversa durante su adolescencia y temprana adultez.

Los estudios nos indican que todos los seres humanos nacemos con la capacidad física y con la habilidad innata para la música, sin embargo, el contexto socio-cultural, la situación económica, la actitud familiar y, por cierto, las circunstancias educativas pueden influir negativamente en nuestra decisión de explorar con la música.

No se trata de que todos seamos músicos profesionales, pero sí de que podamos gozar con la música, utilizarla como una herramienta de desarrollo, escucharla y cantarla apasionadamente para expresar nuestra rabia, nuestras penas, nuestros amores. Interactuar con la música es una experiencia absolutamente positiva (escucharla con audífonos, música en vivo, interpretarla), la música se utiliza para reforzar estados positivos y negativos, puede funcionar incluso como un “regulador de emociones” para adolescentes enojados o en trabajo con niños autistas (musicoterapia).

Ayudemos a nuestros hijos, sobrinos e incluso a nuestros pares, a no tenerle miedo a cantar o hacer música; definitivamente todos somos capaces de desarrollar y explorar nuestro talento musical. Promovamos los beneficios de la música en nosotros mismos y convirtámonos en personajes activos dentro de nuestra comunidad.

 

Unete a nuestra comunidad y aprendamos música!

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